Querido amigo oyente, déjese guiar por la reflexión que a continuación voy a interpretar. Interrumpa lo que esté haciendo y permita dejarse llevar al son de la melodía implícita en mis palabras que, a buen seguro, le despertará al finalizar una sugestiva introspección.

Como alguien dijo, “No hay deber que descuidemos tanto, como el deber de ser felices”.

¿Por qué dedica una ínfima parte de su tiempo a alcanzar un estado de máxima felicidad? ¿Por qué no disfrutar de las pequeñas cosas? Tal vez un día vuelva la vista atrás y se de cuenta de que verdaderamente eran las “grandes cosas”.

Para ello, confecciónese su propia prenda de felicidad, fabríquela a su gusto, y llévela siempre puesta. Llévela bien ceñida a su piel, sin esperar a que algo o alguien se la regale o se la preste. Algo tan personal e intransferible como la felicidad es un producto de elaboración propia. Cada persona se fabrica a su propia medida su felicidad, su dicha y su futuro.

Así de sencillo.

La verdadera diferencia entre una persona que casi siempre se siente feliz de otra que con frecuencia se siente desdichada, no reside en la cantidad de malos momentos que la vida les ha deparado, sino en la forma de haberlos afrontado. Por este motivo, debe saborear y disfrutar hasta el último rayo de sol en los días esplendorosos y llenos de luz, pero también adaptar las pupilas de su mente a las tinieblas de los días aciagos y esperar que pasen, como todo pasa en esta vida.

La verdadera fuente de felicidad se encuentra en el interior de cada uno, siendo una actitud mental, que depende de la respuesta que sea capaz de dar en cada situación, momento o circunstancia.

Me despido con unas palabras del genial filósofo Confucio, que resumen la argumentación que les acabo de transmitir: “Sólo puede ser feliz, aquél que siempre sepa ser feliz con todo”.